La nada en mis adentros, antes apacible, dormida o quizás esperando el momento preciso para lanzar su ataque; ahora se me presenta como un depredador feroz, un león voraz que con zarpazos letales y mordiscos indoloros me despedaza, me quita sentimientos, tanto de felicidad y alegría, como de tristeza y soledad; y reemplaza aquellas cosas que me llenaban, no hace ya algunas horas, con un vacío impenetrable, ningún pensamiento, sueño o deseo le hace mella alguna, es invencible, lo sabe y se jacta de ello.
La nada es en cierta forma como el amor, el cáncer, el odio, la depresión, la vida, el sida, la muerte de un hijo o la propia; no sabes lo que se siente hasta que la experimentas; todo pierde importancia, los colores, aunque perceptibles todavía, adquieren un ligero tono gris deprimente; todos los eventos sociales, las responsabilidades se asumen con un sentimiento infalible, invulnerable e imperfectamente perfecto de despreocupación. Ya resulta sin cuidado lo que una o todas las personas en tu casa, tu ciudad, tu región, tu país, tu continente, tu hemisferio, tu mundo, tu sistema solar, tu galaxia, tu universo, piensen de ti, si te aman, si te odian, si les resultas indiferente, es lo mismo, da igual.
Es algo completamente fútil e inútil luchar contra ella, nada la hará retroceder, ningún esfuerzo la hará detenerse, ya se puso en movimiento, ya es imparable, lo único que puede destruirla, es el óbito, bien sea auto-infligido o por las vueltas de la vida, las únicas armas que le harán frente, son, un revólver .38, un soga de 4 mts o más, una hoja bien afilada; o un frasco de pastillas, una botella de vino y "Satisfied Man" y "Hallellujah", cantadas ambas por Jeff Buckley, ésta opción y sus pertinentes variantes, son el camino en muchas oportunidades usado, por los osados y los cobardes por igual.
Los valientes, que aunque con un miedo a la muerte, deciden dar lucha sin cuartel, y no rendir sus cuerpos a la vacía nada, el enemigo invasor y arrollador.
Los cobardes, que tienen tanto miedo de vivir enfrascados en una lucha encarnizada, con un enemigo sanguinario y terminan optando por correr a los dulces e implacables brazos de acero de la muerte.